DISCURSO DE BENEDICTO XVI
EN LA UNIVERSIDAD DE RATISBONA
Una nueva relación entre fe y razón para permitir el diálogo entre culturas y religiones
RATISBONA, miércoles, 13 septiembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que pronunció Benedicto XVI este martes en la tarde en el encuentro que mantuvo con representantes alemanes del mundo de la ciencia en Aula Magna de la Universidad de Ratisbona, de la que había sido catedrático y vicerrector. El Papa se ha reservado la posibilidad de publicar en un segundo momento una versión de este texto definitiva con notas al pie de página. Por este motivo se trata de una redacción provisional. El Santo Padre ha dado por título a esta conferencia: «Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones».
«Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones»
¡Ilustres señores, gentiles señoras!
Para mí es un momento emocionante estar nuevamente en la cátedra de la universidad y poder impartir una vez más una lección. Mi pensamiento vuelve a aquellos años en los que, tras un hermoso periodo en el Instituto Superior de Freising, inicié mi actividad de profesor académico en la Universidad de Bonn. En el año 1959 se vivían todavía los viejos tiempos de la universidad en que había profesores ordinarios. Para las cátedras individuales no existían ni asistentes ni dactilógrafos, pero en compensación se daba un contacto muy directo con los estudiantes y sobre todo entre los profesores.
Se daban encuentros antes y después de las lecciones en los cuartos de los docentes. Los contactos con los historiadores, los filósofos, los filólogos y también entre las dos facultades teológicas eran muy cercanos. Una vez al semestre había un «dies academicus», en el que los profesores de todas las facultades se presentaban delante de los estudiantes de toda la universidad, haciendo posible una verdadera experiencia de «universitas» --algo a lo que también ha aludido usted, señor rector, hace poco--: el hecho que nosotros, a pesar de todas las especializaciones, que a veces nos impiden comunicarnos entre nosotros, formamos un todo y trabajamos en el todo de la única razón con sus diferentes dimensiones --estando así juntos también en la común responsabilidad por el recto uso de la razón--, hacía que se tratase de una experiencia viva. La universidad, sin duda, estaba orgullosa también de sus dos facultades teológicas. Estaba claro que también ellas, interrogándose sobre la racionalidad de la fe, desarrollan un trabajo que necesariamente forma parte del «todo» de la «universitas scientiarum», aunque no todos podían compartir la fe, por cuya correlación con la razón común se esfuerzan los teólogos. Esta cohesión interior en el cosmos de la razón tampoco quedó perturbada cuando se supo que uno de los colegas había dicho que en nuestra universidad había algo extraño: dos facultades que se ocupaban de algo que no existía: Dios. En el conjunto de la universidad era una convicción indiscutida el hecho de que incluso frente a un escepticismo así de radical seguía siendo necesario y razonable interrogarse sobre Dios por medio de la razón y en el contexto de la tradición de la fe cristiana.
Me acordé de todo esto cuando recientemente leí la parte editada por el profesor Theodore Khoury (Münster) del diálogo que el docto emperador bizantino Manuel II Paleólogo, tal vez durante el invierno del 1391 en Ankara, mantuvo con un persa culto sobre el cristianismo y el islam, y la verdad de ambos. Fue probablemente el mismo emperador quien anotó, durante el asedio de Constantinopla entre 1394 y 1402, este diálogo. De este modo se explica el que sus razonamientos son reportados con mucho más detalle que las respuestas del erudito persa. El diálogo afronta el ámbito de las estructuras de la fe contenidas en la Biblia y en el Corán y se detiene sobre todo en la imagen de Dios y del hombre, pero necesariamente también en la relación entre las «tres Leyes» o tres órdenes de vida: Antiguo Testamento, Nuevo Testamento, Corán. Quisiera tocar en esta conferencia un solo argumento --más que nada marginal en la estructura del diálogo-- que, en el contexto del tema «fe y razón» me ha fascinado y que servirá como punto de partida para mis reflexiones sobre este tema.
En el séptimo coloquio (controversia) editado por el profesor Khoury, el emperador toca el tema de la «yihad» (guerra santa). Seguramente el emperador sabía que en la sura 2, 256 está escrito: «Ninguna constricción en las cosas de la fe». Es una de las suras del periodo inicial en el que Mahoma mismo aún no tenía poder y estaba amenazado. Pero, naturalmente, el emperador conocía también las disposiciones, desarrolladas sucesivamente y fijadas en el Corán, acerca de la guerra santa. Sin detenerse en los particulares, como la diferencia de trato entre los que poseen el «Libro» y los «incrédulos», de manera sorprendentemente brusca se dirige a su interlocutor simplemente con la pregunta central sobre la relación entre religión y violencia, en general, diciendo: «Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba». El emperador explica así minuciosamente las razones por las cuales la difusión de la fe mediante la violencia es algo irracional. La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma. «Dios no goza con la sangre; no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. La fe es fruto del alma, no del cuerpo. Por lo tanto, quien quiere llevar a otra persona a la fe necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, y no recurrir a la violencia ni a las amenazas… Para convencer a un alma razonable no hay que recurrir a los músculos ni a instrumentos para golpear ni de ningún otro medio con el que se pueda amenazar a una persona de muerte…».
La afirmación decisiva en esta argumentación contra la conversión mediante la violencia es: no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. El editor, Theodore Khoury, comenta que para el emperador, como buen bizantino educado en la filosofía griega, esta afirmación es evidente. Para la doctrina musulmana, en cambio, Dios es absolutamente trascendente. Su voluntad no está ligada a ninguna de nuestras categorías, incluso a la de la racionalidad. En este contexto Khoury cita una obra del conocido islamista francés R. Arnaldez, quien revela que Ibh Hazn llega a decir que Dios no estaría condicionado ni siquiera por su misma palabra y que nada lo obligaría a revelarnos la verdad. Si fuese su voluntad, el hombre debería practicar incluso la idolatría.
Aquí se abre, en la comprensión de Dios y por lo tanto en la realización concreta de la religión, un dilema que hoy nos plantea un desafío muy directo. La convicción de que actuar contra la razón está en contradicción con la naturaleza de Dios, ¿es solamente un pensamiento griego o es válido siempre por sí mismo? Pienso que en este punto se manifiesta la profunda concordancia entre aquello que es griego en el mejor sentido y aquello que es fe en Dios sobre el fundamento de la Biblia. Modificando el primer verso del Libro del Génesis, Juan comenzó el «Prólogo» de su Evangelio con las palabras: «Al principio era el logos». Es justamente esta palabra la que usa el emperador: Dios actúa con «logos». «Logos» significa tanto razón como palabra, una razón que es creadora y capaz de comunicarse, pero, como razón. Con esto, Juan nos ha entregado la palabra conclusiva sobre el concepto bíblico de Dios, la palabra en la que todas las vías frecuentemente fatigosas y tortuosas de la fe bíblica alcanzan su meta, encontrando su síntesis. En principio era el «logos», y el «logos» es Dios, nos dice el evangelista. El encuentro entre el mensaje bíblico y el pensamiento griego no era una simple casualidad. La visión de San Pablo, ante quien se habían cerrado los caminos de Asia y que, en sueños, vio un macedonio y escuchó su súplica: «¡Ven a Macedonia y ayúdanos!» (Cf. Hechos 16, 6-10), puede ser interpretada como una «condensación» de la necesidad intrínseca de un acercamiento entre la fe bíblica y la filosofía griega.
En realidad, este acercamiento ya había comenzado desde hacía mucho tiempo. Ya el nombre misterioso de Dios de la zarza ardiente, que separa a Dios del conjunto de las divinidades con múltiples nombres, afirmando solamente su ser, es, confrontándose con el mito, una respuesta con la que está en íntima analogía el intento de Sócrates de vencer y superar al mito mismo. El proceso iniciado hacia la zarza alcanza, dentro del Antiguo Testamento, una nueva madurez durante el exilio, donde el Dios de Israel, entonces privado de la Tierra y del culto, se presenta como el Dios del cielo y de la tierra, con una simple fórmula que prolonga las palabras de la zarza: «Yo soy». Con este nuevo conocimiento de Dios va al mismo paso una especie de ilustración, que se expresa drásticamente en la mofa de las divinidades que no son más que obra de las manos del hombre (Cf. Salmo 115). De este modo, a pesar de toda la dureza del desacuerdo con los soberanos helenísticos, que querían obtener con la fuerza la adecuación al estilo de vida griego y a su culto idolátrico, la fe bíblica, durante la época helenística, salía interiormente al encuentro de lo mejor del pensamiento griego, hasta llegar a un contacto recíproco que después se dio especialmente en la tardía literatura sapiencial. Hoy nosotros sabemos que la traducción griega del Antiguo Testamento, realizada en Alejandría --la Biblia de los «Setenta»--, es más que una simple traducción del texto hebreo (que hay que evaluar quizá de manera poco positiva): es de por sí un testimonio textual, y un paso específico e importante de la historia de la Revelación, en el cual se ha dado este encuentro que tuvo un significado decisivo para el nacimiento del cristianismo y su divulgación. En el fondo, se trata del encuentro entre fe y razón, entre auténtica ilustración y religión. Partiendo verdaderamente desde la íntima naturaleza de la fe cristiana y, al mismo tiempo, desde la naturaleza del pensamiento helenístico fusionado ya con la fe, Manuel II podía decir: No actuar «con el 'logos'» es contrario a la naturaleza de Dios.
Honestamente es necesario anotar, que en el tardío Medioevo, se han desarrollado en la teología tendencias que rompen esta síntesis entre espíritu griego y espíritu cristiano. En contraposición al así llamado intelectualismo agustiniano y tomista, con Juan Duns Escoto comenzó un planteamiento voluntarista, que al final llevó a la afirmación de que sólo conoceremos de Dios la «voluntas ordinata».
Más allá de ésta existiría la libertad de Dios, en virtud de la cual Él habría podido crear y hacer también lo contrario de todo lo que efectivamente ha hecho. Aquí se perfilan posiciones que, sin lugar a dudas, pueden acercarse a aquellas de Ibn Hazn y podrían llevar hasta la imagen de un Dios-Árbitro, que no está ligado ni siquiera a la verdad y al bien. La trascendencia y la diversidad de Dios se acentúan de una manera tan exagerada, que incluso nuestra razón, nuestro sentido de la verdad y del bien dejan de ser un espejo de Dios, cuyas posibilidades abismales permanecen para nosotros eternamente inalcanzables y escondidas tras sus decisiones efectivas. En contraposicio´n, la fe de la Iglesia se ha atenido siempre a la convicción de que entre Dios y nosotros, entre su eterno Espíritu creador y nuestra razón creada, existe una verdadera analogía, en la que ciertamente las desemejanzas son infinitamente más grandes que las semejanzas --como dice el Concilio Lateranense IV en 1215--, pero que no por ello se llegan a abolir la analogía y su lenguaje. Dios no se hace más divino por el hecho que lo alejemos en un voluntarismo puro e impenetrable, sino que el Dios verdaderamente divino es ese Dios que se ha mostrado como el «logos» y como «logos» ha actuado y actúa lleno de amor por nosotros. Ciertamente el amor «sobre pasa» el conocimiento y es por esto capaz de percibir más que el simple pensamiento (Cf. Efesios 3,19); sin embargo, el amor del Dios-Logos concuerda con el Verbo eterno y con nuestra razón, como añade san Pablo es «lógico» (Cf. Romanos 12, 1).
Ese acercamiento recíproco interior, que se ha dado entre la fe bíblica y el interrogarse a nivel filosófico del pensamiento griego, es un dato de importancia decisiva no sólo desde el punto de visa de la historia de las religiones, sino también desde el de la historia universal, un dato que nos afecta también hoy. Considerado este encuentro, no es sorprendente que el cristianismo, no obstante su origen e importante desarrollo en Oriente, haya encontrado su huella históricamente decisiva en Europa. Podemos expresarlo también al contrario: este encuentro, al que se une sucesivamente el patrimonio de Roma, ha creado Europa y permanece como fundamento de aquello que, con razón, se puede llamar Europa.
A la tesis, según la cual, el patrimonio griego, críticamente purificado, forma parte integrante de la fe cristiana, se le opone la pretensión de la deshelenización del cristianismo, pretensión que desde el inicio de la edad moderna domina de manera creciente en la investigación teológica. Si se analiza con más detalle, se pueden observar tres oleadas en el programa de la deshelenización: si bien están relacionadas entre sí, en sus motivaciones y en sus objetivos, son claramente distintas la una de la otra.
La deshelenización se da primero en el contexto de los postulados fundamentales de la Reforma del siglo XVI. Considerando la tradición de las escuelas teológicas, los reformadores se veían ante a una sistematización de la fe condicionada totalmente por la filosofía, es decir, ante un condicionamiento de la fe desde el exterior, en virtud de una manera de ser que no derivaba de ella. De este modo, la fe ya no parecía como una palabra histórica viviente, sino como un elemento integrado en la estructura de un sistema filosófico.
La «sola Scriptura», en cambio, busca la forma pura primordial de la fe, tal y como está presente originariamente en la Palabra bíblica. La metafísica se presenta como un presupuesto derivado de otra fuente, de la que tiene que liberarse la fe para hacer que vuelva a ser ella misma. Kant siguió este programa con una radicalidad que los reformadores no podían prever. De este modo, ancló la fe exclusivamente en la razón práctica, negándole el acceso al todo de la realidad.
La teología liberal de los siglos XIX y XX acompaña la segunda etapa del proceso de deshelenización, con Adolf von Harnack, como su máximo representante. Cuando era estudiante y en mis primeros años como docente, este programa influenciaba mucho incluso a la teología católica. Tomó como punto de partida la distinción que Pascal hace entre el Dios de los filósofos y el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. En mi discurso inaugural en Bonn, en 1959, traté de referirme a este asunto. No repetiré aquí lo que dije en aquella ocasión, pero me gustaría describir, al menos brevemente, lo que era nuevo en este proceso de deshelenización. La idea central de Harnack era volver simplemente al hombre Jesús y a su mensaje esencial, sin los añadidos de la teología e incluso de la helenización: Este mensaje esencial era visto como la culminación del desarrollo religioso de la humanidad. Se decía que Jesús puso punto final al culto sustituyéndolo por la moral. En definitiva, se le presentaba como padre de un mensaje moral humanitario.
La meta fundamental era hacer que el cristianismo estuviera en armonía con la razón moderna, es decir, liberarle de los elementos aparentemente filosóficos y teológicos, como la fe en la divinidad de Cristo y en Dios uno y trino. En este sentido, la exégesis histórico-crítica del Nuevo Testamento restauró el lugar de la teología en la universidad: Para Harnack, la teología es algo esencialmente histórico y por lo tanto estrictamente científico. Lo que se puede decir críticamente de Jesús, es por así decir, expresión de la razón práctica y consecuentemente se puede aplicar a la Universidad en su conjunto.
En el trasfondo se da la autolimitación moderna de la razón, expresada clásicamente en las «críticas» de Kant, que mientras tanto fue radicalizándose ulteriormente por el pensamiento de las ciencias naturales. Este concepto moderno se basa, por decirlo brevemente, en la síntesis entre el platonismo (cartesianismo) y el empirismo, una síntesis confirmada por el éxito de la tecnología. Por un lado presupone la estructura matemática de la materia, y su intrínseca racionalidad, que hace posible entender cómo funciona la materia funciona como es posible usarla eficazmente: esta premisa básica es, por así decirlo, el elemento platónico en el entendimiento moderno de la naturaleza. Por otro lado, se trata de la posibilidad de explotar la naturaleza para nuestros propósitos, y en ese caso sólo la posibilidad de la verificación o falsificación a través de la experimentación puede llevar a la certeza final. El peso entre los dos polos puede, dependiendo de las circunstancias, cambiar de un lado al otro. Un pensador tan positivista como J. Monod declaró que era un convencido platónico.
Esto permite que emerjan dos principios que son cruciales para el asunto al que hemos llegado. Primero, sólo la certeza que resulta de la sinergia entre matemática y empirismo puede ser considerada como científica. Lo que quiere ser científico tiene que confrontarse con este criterio. De este modo, las ciencias humanas, como la historia, psicología, sociología y filosofía, trataron de acercarse a este canon científico. Para nuestra reflexión, es importante constatar que el método como tal excluye el problema de Dios, presentándolo como un problema acientífico o precientífico. Pero así nos encontramos ante la reducción del ámbito de la ciencia y de la razón que necesita ser cuestionada.
Volveré a tocar el problema después. Por el momento basta tener en cuenta que cualquier intento de la teología por mantener desde este punto de vista un carácter de disciplina «científica» no dejaría del cristianismo más que un miserable fragmento. Pero tenemos que decir más: si la ciencia en su conjunto no es más que esto, el hombre acabaría quedando reducido. De hecho, los interrogantes propiamente humanos, es decir, «de dónde» y «hacia dónde», los interrogantes de la religión y la ética no pueden encontrar lugar en el espacio de la razón común descrita por la «ciencia» entendida de este modo y tienen que ser colocados en el ámbito de lo subjetivo. El sujeto decide entonces, basándose en su experiencia, lo que considera que es materia de la religión, y la «conciencia» subjetiva se convierte en el único árbitro de lo que es ético. De esta manera, sin embargo, la ética y la religión pierden su poder de crear una comunidad y se convierten en un asunto completamente personal. Este es un estado peligroso para los asuntos de la humanidad, como podemos ver en las distintas patologías de la religión y la razón que necesariamente emergen cuando la razón es tan reducida que las preguntas de la religión y la ética ya no interesan. Intentos de construir la ética a partir de las reglas de la evolución o la psicología terminan siendo simplemente inadecuados.
Antes de esgrimir las conclusiones a las que todo esto lleva, tengo que referirme brevemente a la tercera etapa de deshelenización, que aún está dándose. A la luz de nuestra experiencia con el pluralismo cultural, con frecuencia se dice en nuestros días que la síntesis con el Helenismo lograda por la Iglesia en sus inicios fue una inculturación preliminar que no debe ser vinculante para otras culturas. Esto se dice para tener el derecho a volver al simple mensaje del Nuevo Testamento anterior a la inculturación, para inculturarlo nuevamente en sus medios particulares. Esta tesis no es falsa, pero es burda e imprecisa. El Nuevo Testamento fue escrito en griego y trae consigo el contacto con el espíritu griego, un contacto que había madurado en el desarrollo precedente del Antiguo Testamento. Ciertamente hay elementos en la proceso formativo de la Iglesia antigua que no deben integrarse en todas las culturas, Sin embargo, las decisiones fundamentales sobre las relaciones entre la fe y el uso de la razón humana son parte de la fe misma, son desarrollos consecuentes con la naturaleza misma de la fe.
Y así llego a la conclusión. Este intento, hecho con unas pocas pinceladas, de crítica de la razón moderna a partir de su interior, no significa que hay que regresar a antes de la Ilustración, rechazando las convicciones de la era moderna. Los aspectos positivos de la modernidad deben ser conocidos sin reservas: estamos todos agradecidos por las maravillosas posibilidades que ha abierto para la humanidad y para su progreso que se nos ha dado. La ética científica, además, debe ser obediente a la verdad, y, como tal, lleva una actitud que se refleja en los principios del cristianismo. Mi intención no es el reduccionismo o la crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y su aplicación. Mientras nos regocijamos en las nuevas posibilidades abiertas a la humanidad, también podemos apreciar los peligros que emergen de estas posibilidades y tenemos que preguntarnos cómo podemos superarlas. Sólo lo lograremos si la razón y la fe avanzan juntas de un modo nuevo, si superamos la limitación impuesta por la razón misma a lo que es empíricamente verificable, y si una vez más generamos nuevos horizontes. En este sentido la teología pertenece correctamente a la universidad y está dentro del amplio diálogo de las ciencias, no sólo como una disciplina histórica y ciencia humana, sino precisamente como teología, como una profundización en la racionalidad de la fe.
Sólo así podemos lograr ese diálogo genuino de culturas y religiones que necesitamos con urgencia hoy. En el mundo occidental se sostiene ampliamente que sólo la razón positivista y las formas de la filosofía basadas en ella son universalmente válidas. Incluso las culturas profundamente religiosas ven esta exclusión de lo divino de la universalidad de la razón como un ataque a sus más profundas convicciones. Una razón que es sorda a lo divino y que relega la religión al espectro de las subculturas es incapaz de entrar al diálogo con las culturas. Al mismo tiempo, como he tratado de demostrar, la razón científica moderna con sus elementos intrínsecamente platónicos genera una pregunta que va más allá de sí misma, de sus posibilidades y de su metodología.
La razón científica moderna tiene que aceptar la estructura racional de la materia y su correspondencia entre nuestro espíritu y las estructuras racionales que actúan en la naturaleza como un dato de hecho, en el que se basa su metodología. Incluso la pregunta ¿por qué esto tiene que ser así? es una cuestión real, que tiene que ser dirigida por las ciencias naturales a otros modos y planos de pensamiento: a la filosofía y la teología. Para la filosofía y, si bien es cierto que de otra forma, para la teología, escuchar a las grandes experiencias y perspectivas de las tradiciones religiosas de la humanidad, de manera particular las de la fe cristiana, es fuente de conocimiento; ignorarla sería una grave limitación para nuestra escucha y respuesta. Aquí recuerdo algo que Sócrates le dijo a Fedón. En conversaciones anteriores, se habían vertido muchas opiniones filosóficas falsas, y por eso Sócrates dice: «Sería más fácilmente comprensible si a alguien le molestaran tanto todas estas falsas nociones que por el resto de su vida desdeñara y se burlara de toda conversación sobre el ser, pero de esta forma estaría privado de la verdad de la existencia y sufriría una gran pérdida».
Occidente ha estado en peligro durante mucho tiempo a causa de esta aversión, en la que se basa su racionalidad, y por lo tanto sólo puede sufrir grandemente. Hace falta valentía para comprometer toda la amplitud de la razón y no la negación de su grandeza: este es el programa con el que la teología anclada en la fe bíblica ingresa en el debate de nuestro tiempo. «No actuar razonablemente (con «logos») es contrario a la naturaleza de Dios» dijo Manuel II, de acuerdo al entendimiento cristianos de Dios, en respuesta a su interlocutor persa. En el diálogo de las culturas invitamos a nuestros interlocutores a encontrar este gran «logos», esta amplitud de la razón. Es la gran tarea de la universidad redescubrirlo constantemente.
Homilía del 01 de Mayo de 2006
Día de San José y Apertura del mes mariano.

Pbro. Gabriel David.
Hoy día de san José y comienzo del mes mariano 2 fiestas que están muy unidad la de José y de María, escogidos para la misión de educar a Jesús, pues el sabiéndolo todo quiso aprender, es un misterio que nosotros no logramos entender.
San José, un obrero que trabajaba manualmente, oficio que en su época era mirado como propio de esclavos y se consideraba como un oficio denigrante, pero Jesús lo dignifico, san pablo dice el que no trabaje que no coma, pues el trabajo en el Génesis era considerado como un castigo pero cristo lo dignifica y lo convierte en algo humano, por eso el que no trabaja no es completamente humano, él nos manda a trabajar y no a estar en la vagancia, el hombre debe dedicarse a cualquier trabajo incluso a los más sencillos por que estos son fuente de santificación, pero si lo hacemos con un espíritu sobre natural, ofreciéndolo a Dios, o cuando hayamos acumulado la suficiente riqueza para vivir entonces trabajemos para el bien de los demás; también se puede ofrecer como penitencia por nuestros pecados cuando es un trabajo duro, cuando se nos presentan dificultades, esto puede equivaler a flagelarse, ayunar cuando el trabajo se realiza al sol, otros al agua, cuando estamos estudiando una materia difícil, al madrugar, son penitencias que si se ofrecen a Dios se convierten en fuente y medio de santidad, y se convierten en la cruz de cada día, esta es la teología del trabajo. El Señor Jesús interceda por todos los trabajadores, bien sean campesinos, agricultores, los que se dedican a las artes manuales y también a todos los que se dedican a los trabajos intelectuales que también son trabajos muy meritorios y que de ello nos sirve a todos y a ellos como medio de salvación.
> María también fue trabajadora, cargaba agua y el niño Jesús le ayuda a ambos y así los tres se convierten en los embajadores del trabajo y nunca permanecían ociosos.
Mayo mes dedicado a la Reina y madres, a la que debemos amar y si amamos a la santísima virgen adoramos también a Jesús, pues miren que hasta los bandidos se disgustas cuando se deshonran a su madre, así mismo cuando nosotros honramos a la virgen no estamos opacando la divinidad y el culto que se le tributa a Jesús, por que a la Virgen le ofrecemos “Hiperdulía”, a los santos “Dulía” o sea que se le ofrece mayor veneración a María que a los santos y a Dios si se le ofrece “Latría” o sea adoración. Los santos llaman a María la omnipotente suplicante, porque su hijo no se resiste y por eso María se convierte en el canal por medio del cual nosotros llegamos más directamente Jesús, y el ejemplo de María y su poder de intercesión lo encontramos nosotros en el relato de la boda de canná de Galilea, un ejemplo de solidaridad y suplica llena de confianza y ante la respuesta de Jesús a la madre de que todavía no había llegado su hora, no duda y le dice a los servidores que hagan lo que el os mande. María todo lo tiene de Dios en nuestro señor Jesucristo.
Todos tenemos que encomendarle nuestra vocación a María y decirle nuestras alabanzas que son las letanías, como son reina de los profetas, pues ella anunció lo que hoy se celebra “dichosa me llamaran todas las generaciones”, reina de los apóstoles por eso a ella deben encomendarse los sacerdotes, reina de los mártires pues una espada atravesó su corazón.
Hay que resalta que la Virgen es Virgen antes, durantes y después del parto, porque Jesús fue engendrado por obra y gracia del espíritu Santo y porque así como un rayo de sol atraviesa un cristal sin romperlo ni mancharlo así fue Jesús con María y es virgen porque ella concibió más hijos. Y reina de la paz ruega por nosotros.
(redactado por F.M)Homilía de Monseñor Ismael Rueda
obispo de la Diócesis del socorro y san Gil
Visita apo stólica al Seminario Mayor Santo Tomás de Aquino.
Santa fe de Antioquia
28 de abril de 2006.
Agradezco a Dios por permitirme estar en esta visita a La iglesia particular de Santa fe de Antioquia, al igual que el poder presidir esta celebración eucarística; también agradezco a Dios por la vocación que Dios me ha regalado. Es necesario que el seminarista pueda adoptar un corazón de pastor, como el de Cristo, que se preocupa por el bienestar de la iglesia, siendo consiente que la iglesia desde que nació ha sufrido persecuciones, como nos lo narra el libro de los hechos de los apóstoles; que ellos daban testimonio de que cristo murió y a resucitado, y cada vez lo hacían con más fuerza. Hay que tener en cuanta que la persecución, forma parte de la iglesia y debemos pedirle a Dios no, que nos libre de las persecuciones sino, que nos de fuerzas para poder soportarlas.
Se nos leía en la primera lectura de los hechos de los apóstoles, las palabras sabias que pronuncia Gamaliel; claro que esto no fue por intervención humana sino de Dios, porque el plan de dios se cumple, así sea con la oposición del hombre. Hoy, la persecución cambió, en la época de las primeras comunidades cristianas, se buscaba la muerte física hoy, la guerra que se le esta haciendo a la iglesia, es mucho más sofisticada y no pretende matar al hombre físicamente, sino espiritual y moralmente, haciéndole caer en la contradicción. Tenemos que ser testigos de cristo resucitado, porque él dio muchas pruebas a los apóstoles de que había resucitado, que había vencido a la muerte.
En el evangelio nos presenta a Jesús con su corazón de pastor; la gente seguía el señor por que buscaba la alegría, y esperaba la respuesta a la necesidades, Jesús mira las necesidades del ser humano, el no permanece indiferente ante nuestro sufrimiento; por lo tanto se presenta como mediador y plantea el problema a los discípulos; con este gesto el señor nos muestra que nos participa de la mirada de compasión por la gente. Se nos presenta también en el evangelio a un joven, que trae los panes y los peces esto tiene un significado tan grade, pues es un joven que se solidariza con la multitud, seguramente eran sus provisiones que tenía para el viaje, pero no duda en ser solidario con el que lo necesita y comparte lo poco que le llevaba con en fin de remediar en algo a la necesidades de tanta gente. Hoy también encontramos muchos de esos jóvenes que comparten las sus fuerzas juveniles, como las provisiones que poseen, cuantos sacerdotes hoy comparten con los necesitados, no solo material, sino más que todo con los necesitados espiritualmente.
El evangelio también nos presenta un sentido eucarístico al compartir el pan. Con el pan que sobra lo hace recoger para saciar a los que están lejos, pues el no solamente piensa en los que estaban allí presentes en el lugar, sino que también piensa en los que están lejos, y eso es una tarea del seminario que se destaca por su formación con un pensamiento no solo para suplir las necesidades de la iglesia local, sino también para las necesidades de la iglesia universal.
La gente quería hacer rey a Jesús y por eso el se retira de aquel lugar, pues el no deseaba realizar sus acciones por solo protagonismo, y nosotros tampoco lo podemos hacer obras en favor de la comunidad por ser protagonistas y mucho menos por buscar el beneficio propio. Todos nosotros tenemos que ser testigos de la presencia de cristo resucitado en todos los lugares donde seamos enviados.
Miremos María como un ejemplo de vida y de entrega total al plan de Dios, pidámosle a ella que nos acompañe en este proceso y que seamos fieles, porque el mayor problemas no es llagar al sacerdocio, sino ser leales y permanecer fieles a nuestra vocación que el señor nos ha regalado y asumir la vida de la iglesia como actitud de servicio. (redactado por F.M)
SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN
DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
Parroquia Pontificia de Santo Tomás de Villanueva, Castelgandolfo
Martes 15 de agosto de 2006
Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:
En el Magníficat, el gran canto de la Virgen que acabamos de escuchar en el evangelio, encontramos unas palabras sorprendentes. María dice: "Desde ahora me felicitarán todas las generaciones". La Madre del Señor profetiza las alabanzas marianas de la Iglesia para todo el futuro, la devoción mariana del pueblo de Dios hasta el fin de los tiempos. Al alabar a María, la Iglesia no ha inventado algo "ajeno" a la Escritura: ha respondido a esta profecía hecha por María en aquella hora de gracia.
Y estas palabras de María no eran sólo palabras personales, tal vez arbitrarias. Como dice san Lucas, Isabel había exclamado, llena de Espíritu Santo: "Dichosa la que ha creído". Y María, también llena de Espíritu Santo, continúa y completa lo que dijo Isabel, afirmando: "Me felicitarán todas las generaciones". Es una auténtica profecía, inspirada por el Espíritu Santo, y la Iglesia, al venerar a María, responde a un mandato del Espíritu Santo, cumple un deber.
Nosotros no alabamos suficientemente a Dios si no alabamos a sus santos, sobre todo a la "Santa" que se convirtió en su morada en la tierra, María. La luz sencilla y multiforme de Dios sólo se nos manifiesta en su variedad y riqueza en el rostro de los santos, que son el verdadero espejo de su luz. Y precisamente viendo el rostro de María podemos ver mejor que de otras maneras la belleza de Dios, su bondad, su misericordia. En este rostro podemos percibir realmente la luz divina.
"Me felicitarán todas las generaciones". Nosotros podemos alabar a María, venerar a María, porque es "feliz", feliz para siempre. Y este es el contenido de esta fiesta. Feliz porque está unida a Dios, porque vive con Dios y en Dios. El Señor, en la víspera de su Pasión, al despedirse de los suyos, dijo: "Voy a prepararos una morada en la gran casa del Padre. Porque en la casa de mi Padre hay muchas moradas" (cf. Jn 14, 2). María, al decir: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra", preparó aquí en la tierra la morada para Dios; con cuerpo y alma se transformó en su morada, y así abrió la tierra al cielo.
San Lucas, en el pasaje evangélico que acabamos de escuchar, nos da a entender de diversas maneras que María es la verdadera Arca de la alianza, que el misterio del templo -la morada de Dios aquí en la tierra- se realizó en María. En María Dios habita realmente, está presente aquí en la tierra. María se convierte en su tienda. Lo que desean todas las culturas, es decir, que Dios habite entre nosotros, se realiza aquí. San Agustín dice: "Antes de concebir al Señor en su cuerpo, ya lo había concebido en su alma". Había dado al Señor el espacio de su alma y así se convirtió realmente en el verdadero Templo donde Dios se encarnó, donde Dios se hizo presente en esta tierra.
Así, al ser la morada de Dios en la tierra, ya está preparada en ella su morada eterna, ya está preparada esa morada para siempre. Y este es todo el contenido del dogma de la Asunción de María a la gloria del cielo en cuerpo y alma, expresado aquí en estas palabras. María es "feliz" porque se ha convertido -totalmente, con cuerpo y alma, y para siempre- en la morada del Señor. Si esto es verdad, María no sólo nos invita a la admiración, a la veneración; además, nos guía, nos señala el camino de la vida, nos muestra cómo podemos llegar a ser felices, a encontrar el camino de la felicidad.
Escuchemos una vez más las palabras de Isabel, que se completan en el Magníficat de María: "Dichosa la que ha creído". El acto primero y fundamental para transformarse en morada de Dios y encontrar así la felicidad definitiva es creer, es la fe en Dios, en el Dios que se manifestó en Jesucristo y que se nos revela en la palabra divina de la sagrada Escritura.
Creer no es añadir una opinión a otras. Y la convicción, la fe en que Dios existe, no es una información como otras. Muchas informaciones no nos importa si son verdaderas o falsas, pues no cambian nuestra vida. Pero, si Dios no existe, la vida es vacía, el futuro es vacío. En cambio, si Dios existe, todo cambia, la vida es luz, nuestro futuro es luz y tenemos una orientación para saber cómo vivir.
Por eso, creer constituye la orientación fundamental de nuestra vida. Creer, decir: "Sí, creo que tú eres Dios, creo que en el Hijo encarnado estás presente entre nosotros", orienta mi vida, me impulsa a adherirme a Dios, a unirme a Dios y a encontrar así el lugar donde vivir, y el modo como debo vivir. Y creer no es sólo una forma de pensamiento, una idea; como he dicho, es una acción, una forma de vivir. Creer quiere decir seguir la senda señalada por la palabra de Dios.
María, además de este acto fundamental de la fe, que es un acto existencial, una toma de posición para toda la vida, añade estas palabras: "Su misericordia llega a todos los que le temen de generación en generación". Con toda la Escritura, habla del "temor de Dios". Tal vez conocemos poco esta palabra, o no nos gusta mucho. Pero el "temor de Dios" no es angustia, es algo muy diferente. Como hijos, no tenemos miedo del Padre, pero tenemos temor de Dios, la preocupación por no destruir el amor sobre el que está construida nuestra vida. Temor de Dios es el sentido de responsabilidad que debemos tener; responsabilidad por la porción del mundo que se nos ha encomendado en nuestra vida; responsabilidad de administrar bien esta parte del mundo y de la historia que somos nosotros, contribuyendo así a la auténtica edificación del mundo, a la victoria del bien y de la paz.
"Me felicitarán todas las generaciones": esto quiere decir que el futuro, el porvenir, pertenece a Dios, está en las manos de Dios, es decir, que Dios vence. Y no vence el dragón, tan fuerte, del que habla hoy la primera lectura: el dragón que es la representación de todas las fuerzas de la violencia del mundo. Parecen invencibles, pero María nos dice que no son invencibles. La Mujer, como nos muestran la primera lectura y el evangelio, es más fuerte porque Dios es más fuerte.
Ciertamente, en comparación con el dragón, tan armado, esta Mujer, que es María, que es la Iglesia, parece indefensa, vulnerable. Y realmente Dios es vulnerable en el mundo, porque es el Amor, y el amor es vulnerable. A pesar de ello, él tiene el futuro en la mano; vence el amor y no el odio; al final vence la paz.
Este es el gran consuelo que entraña el dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma a la gloria del cielo. Damos gracias al Señor por este consuelo, pero también vemos que este consuelo nos compromete a estar del lado del bien, de la paz.
Oremos a María, la Reina de la paz, para que ayude a la victoria de la paz hoy: "Reina de la paz, ¡ruega por nosotros!". Amén.
Palabras del Prebítero Gabriel David en la cena simbólica del seminario Mayor Santo Tomás de aquino

Bienvenidos todos ustedes a este acto de solidaridad con el seminario.
Nos reunimos una vez más los amigos del seminario santo Tomás de Aquino para realizar la cena simbólica en pro del sostenimiento económico de los estudios de los futuros ministros del altar. El señor Arzobispo, los formadores del seminario y los seminaristas, queremos aprovechar esta ocasión para revelar a los aquí presentes un sentimiento que nos embarga y que no podemos callar, como es el de la gratitud por el cariño que ustedes y otros que no han podido venir, han demostrado de palabra y de obra hacia este centro formador de los futuros sacerdotes, animadores sobre todo espirituales de las comunidades de esta iglesia local y no solo de ésta, sino también de otras de diversas diócesis y de territorios de misión. A todos ustedes los tendremos muy presente en nuestras oraciones, sobre todo en la más valiosa de todas como es la santa misa Sin la ayuda generosa que con espíritu sobrenatural han brindado los benefactores del seminario, éste no hubiera podido subsistir. Dios, quien no deja sin recompensa ni siquiera un vaso de agua dado en su nombre, recompense con creces esta obra buena que han venido haciendo en todos estos años por este semillero de vocaciones. Tengan por cierto que Dios es muy generoso en el premio con los que trabajan por su reino y paga el ciento por uno.
Queridos amigos, es muy cierta una frase ya muchas veces dicha pero que es bueno repetir, y es que quien ayuda a la formación de un sacerdote, construye sobre su tumba un altar. Los que hemos llegado hasta el altar del sacrificio para inmolar la víctima propiciatoria que atrae lluvia de bendiciones sobre la humanidad, o sea los que celebramos la santa misa, ponemos en la patena los nombres de los benefactores que con su cooperación material y espiritual nos han hecho llegar hasta el sacerdocio. Y los seminaristas de hoy, cuando lleguen a oficiar el divino misterio de la Eucaristía, al levantar con sus manos consagradas la hostia y el cáliz con el vino convertidos en Cristo, les vendrán a la memoria los nombres de los benefactores que les ayudaron a llegar al sacerdocio.
Queridos amigos: como cristianos católicos comprometidos, que por demás todos lo debemos ser, tenemos el deber urgente de atender al clamor del Señor: la mies es mucha pero los obreros son pocos. Ya decía el papa Pío XII en la exhortación apostólica "menti nostrae": "todos los cristianos, deben sentir el deber de favorecer y ayudar a aquellos que se sienten llamados al sacerdocio. Por esto, todos debemos trabajar por la vocaciones sacerdotal es y misioneras; y apoyando este seminario trabajamos por dichas vocaciones, porque aquí se forman sacerdotes, no solo para las parroquias de esta arquidiócesis, sino también para las otras diócesis más urgidas de ellos y para territorios de misión.. Así pues, de este seminario han salido sacerdotes para las jurisdicciones de Montería, Sincelejo, Cartagena, Bogotá, Cali y para el continente asiático, pues en Bangladés, país vecino de la China, hay tres sacerdotes formados en este seminario; ellos son: Rubén Darío Oquendo, Henry Giraldo y Amado Higuita; ellos sacerdotes ejemplares y abnegados son el aporte de nuestro seminario para la misión.; ellos, atendiendo a la formación misionera que aquí se les brindó, lo dejaron todo:
t111nilia, compañeros, patria, para irse a lugares ignotos y extraños a sembrar la semilla del Evangelio. Ellos son el aporte para las misiones de sus benefactores que costearon sus estudios.
Jesucristo dijo: atesorad para el cielo donde no hay polilla ni moho que destruyan el dinero. Por eso, no hay dinero mejor empleado que el usado para socorrer las necesidades de los pobres y el usado para extender el reino de Dios. Esta es la forma de atesorar para el cielo. Lo gastado en esta vida en vanidades y en cosas innecesarias, se pierde para siempre, y no se lleva para la eternidad; en cambio lo gastado para hacer el bien queda ahorrado en los bancos del cielo y con intereses altísimos: el ciento por uno. Y ayudando a la formación de sacerdotes, estamos haciendo el mayor bien, pues colaboramos a proveer al mundo de salvadores de almas; y ya lo dice la Biblia, el que salva un alma salva la suya. Tengamos presente que Dios tiene en cuenta no solo la ofrenda grande del rico, sino también la pequeña moneda de la viuda pobre de que nos habla el evangelio, pues dio todo lo que tenía y lo hizo con mucho amor. Damos pues la gracias a los benefactores que han colaborado abundante y generosamente y también a los que a pesar de su pobreza han colaborado con lo que han podido pero con gusto y con espíritu sobrenatural, y también a los que nos han ayudado con el aporte invaluable de la oración porque este centro formador de sacerdotes siga adelante. Los invito a seguir orando para que el dueño de la mies nos dé sacerdotes, pastores según el corazón de Dios, o sea santos, abnegados, llenos de ardor misionero, celosos por la salvación de las almas, desprendidos su corazón de las riquezas, que hagan la opción preferencial por los pobres, preocupados por el desarrollo integral de las personas a ellos encomendados.
Reciban pues los aquí presentes un Dios les pague por su cooperación con la obra del seminario; que pasen un rato agradable y que tengan una feliz noche.
HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Basílica Vaticana
Sábado Santo, 15 de abril de 2006
«¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí, ha resucitado» (Mc 16, 6). Así dijo el mensajero de Dios, vestido de blanco, a las mujeres que buscaban el cuerpo de Jesús en el sepulcro. Y lo mismo nos dice también a nosotros el evangelista en esta noche santa: Jesús no es un personaje del pasado. Él vive y, como ser viviente, camina delante de nosotros; nos llama a seguirlo a Él, el viviente, y a encontrar así también nosotros el camino de la vida.
«Ha resucitado..., no está aquí». Cuando Jesús habló por primera vez a los discípulos sobre la cruz y la resurrección, estos, mientras bajaban del monte de la Transfiguración, se preguntaban qué querría decir eso de «resucitar de entre los muertos» (Mc 9, 10). En Pascua nos alegramos porque Cristo no ha quedado en el sepulcro, su cuerpo no ha conocido la corrupción; pertenece al mundo de los vivos, no al de los muertos; nos alegramos porque Él es –como proclamamos en el rito del cirio pascual– Alfa y al mismo tiempo Omega, y existe por tanto, no sólo ayer, sino también hoy y por la eternidad (cf. Hb 13, 8). Pero, en cierto modo, vemos la resurrección tan fuera de nuestro horizonte, tan extraña a todas nuestras experiencias, que, entrando en nosotros mismos, continuamos con la discusión de los discípulos: ¿En qué consiste propiamente eso de «resucitar»? ¿Qué significa para nosotros? ¿Y para el mundo y la historia en su conjunto? Un teólogo alemán dijo una vez con ironía que el milagro de un cadáver reanimado –si es que eso hubiera ocurrido verdaderamente, algo en lo que no creía– sería a fin de cuentas irrelevante para nosotros porque, justamente, no nos concierne. En efecto, el que solamente una vez alguien haya sido reanimado, y nada más, ¿de qué modo debería afectarnos? Pero la resurrección de Cristo es precisamente algo más, una cosa distinta. Es –si podemos usar por una vez el lenguaje de la teoría de la evolución– la mayor «mutación», el salto más decisivo en absoluto hacia una dimensión totalmente nueva, que se haya producido jamás en la larga historia de la vida y de sus desarrollos: un salto de un orden completamente nuevo, que nos afecta y que atañe a toda la historia.
Por tanto, la discusión comenzada con los discípulos comprendería las siguientes preguntas: ¿Qué es lo que sucedió allí? ¿Qué significa eso para nosotros, para el mundo en su conjunto y para mí personalmente? Ante todo: ¿Qué sucedió? Jesús ya no está en el sepulcro. Está en una vida nueva del todo. Pero, ¿cómo pudo ocurrir eso? ¿Qué fuerzas han intervenido? Es decisivo que este hombre Jesús no estuviera solo, no fuera un Yo cerrado en sí mismo. Él era uno con el Dios vivo, unido talmente a Él que formaba con Él una sola persona. Se encontraba, por así decir, en un mismo abrazo con Aquél que es la vida misma, un abrazo no solamente emotivo, sino que abarcaba y penetraba su ser. Su propia vida no era solamente suya, era una comunión existencial con Dios y un estar insertado en Dios, y por eso no se le podía quitar realmente. Él pudo dejarse matar por amor, pero justamente así destruyó el carácter definitivo de la muerte, porque en Él estaba presente el carácter definitivo de la vida. Él era una cosa sola con la vida indestructible, de manera que ésta brotó de nuevo a través de la muerte. Expresemos una vez más lo mismo desde otro punto de vista.
Su muerte fue un acto de amor. En la última Cena, Él anticipó la muerte y la transformó en el don de sí mismo. Su comunión existencial con Dios era concretamente una comunión existencial con el amor de Dios, y este amor es la verdadera potencia contra la muerte, es más fuerte que la muerte. La resurrección fue como un estallido de luz, una explosión del amor que desató el vínculo hasta entonces indisoluble del «morir y devenir». Inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, en la que también ha sido integrada la materia, de manera transformada, y a través de la cual surge un mundo nuevo.
Está claro que este acontecimiento no es un milagro cualquiera del pasado, cuya realización podría ser en el fondo indiferente para nosotros. Es un salto cualitativo en la historia de la «evolución» y de la vida en general hacia una nueva vida futura, hacia un mundo nuevo que, partiendo de Cristo, entra ya continuamente en este mundo nuestro, lo transforma y lo atrae hacia sí. Pero, ¿cómo ocurre esto? ¿Cómo puede llegar efectivamente este acontecimiento hasta mí y atraer mi vida hacia Él y hacia lo alto? La respuesta, en un primer momento quizás sorprendente pero completamente real, es la siguiente: dicho acontecimiento me llega mediante la fe y el bautismo. Por eso el Bautismo es parte de la Vigilia pascual, como se subraya también en esta celebración con la administración de los sacramentos de la iniciación cristiana a algunos adultos de diversos países. El Bautismo significa precisamente que no es un asunto del pasado, sino un salto cualitativo de la historia universal que llega hasta mí, tomándome para atraerme. El Bautismo es algo muy diverso de un acto de socialización eclesial, de un ritual un poco fuera de moda y complicado para acoger a las personas en la Iglesia. También es más que una simple limpieza, una especie de purificación y embellecimiento del alma. Es realmente muerte y resurrección, renacimiento, transformación en una nueva vida.
¿Cómo lo podemos entender? Pienso que lo que ocurre en el Bautismo se puede aclarar más fácilmente para nosotros si nos fijamos en la parte final de la pequeña autobiografía espiritual que san Pablo nos ha dejado en su Carta a los Gálatas. Concluye con las palabras que contienen también el núcleo de dicha biografía: «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (2, 20). Vivo, pero ya no soy yo. El yo mismo, la identidad esencial del hombre –de este hombre, Pablo– ha cambiado. Él todavía existe y ya no existe. Ha atravesado un «no» y sigue encontrándose en este «no»: Yo, pero «no» más yo. Con estas palabras, Pablo no describe una experiencia mística cualquiera, que tal vez podía habérsele concedido y, si acaso, podría interesarnos desde el punto de vista histórico. No, esta frase es la expresión de lo que ha ocurrido en el Bautismo. Se me quita el propio yo y es insertado en un nuevo sujeto más grande. Así, pues, está de nuevo mi yo, pero precisamente transformado, bruñido, abierto por la inserción en el otro, en el que adquiere su nuevo espacio de existencia. Pablo nos explica lo mismo una vez más bajo otro aspecto cuando, en el tercer capítulo de la Carta a los Gálatas, habla de la «promesa» diciendo que ésta se dio en singular, a uno solo: a Cristo. Sólo él lleva en sí toda la «promesa».
Pero, ¿qué sucede entonces con nosotros? Vosotros habéis llegado a ser uno en Cristo, responde Pablo (cf. Ga 3, 28). No sólo una cosa, sino uno, un único, un único sujeto nuevo. Esta liberación de nuestro yo de su aislamiento, este encontrarse en un nuevo sujeto es un encontrarse en la inmensidad de Dios y ser trasladados a una vida que ha salido ahora ya del contexto del «morir y devenir». El gran estallido de la resurrección nos ha alcanzado en el Bautismo para atraernos.
Quedamos así asociados a una nueva dimensión de la vida en la que, en medio de las tribulaciones de nuestro tiempo, estamos ya de algún modo inmersos. Vivir la propia vida como un continuo entrar en este espacio abierto: éste es el sentido del ser bautizado, del ser cristiano. Ésta es la alegría de la Vigilia pascual. La resurrección no ha pasado, la resurrección nos ha alcanzado e impregnado. A ella, es decir al Señor resucitado, nos sujetamos, y sabemos que también Él nos sostiene firmemente cuando nuestras manos se debilitan. Nos agarramos a su mano, y así nos damos la mano unos a otros, nos convertimos en un sujeto único y no solamente en una sola cosa. Yo, pero no más yo: ésta es la fórmula de la existencia cristiana fundada en el bautismo, la fórmula de la resurrección en el tiempo. Yo, pero no más yo: si vivimos de este modo transformamos el mundo. Es la fórmula de contraste con todas las ideologías de la violencia y el programa que se opone a la corrupción y a las aspiraciones del poder y del poseer.
«Viviréis, porque yo sigo viviendo», dice Jesús en el Evangelio de San Juan (14, 19) a sus discípulos, es decir, a nosotros. Viviremos mediante la comunión existencial con Él, por estar insertos en Él, que es la vida misma. La vida eterna, la inmortalidad beatífica, no la tenemos por nosotros mismos ni en nosotros mismos, sino por una relación, mediante la comunión existencial con Aquél que es la Verdad y el Amor y, por tanto, es eterno, es Dios mismo. La mera indestructibilidad del alma, por sí sola, no podría dar un sentido a una vida eterna, no podría hacerla una vida verdadera. La vida nos llega del ser amados por Aquél que es la Vida; nos viene del vivir con Él y del amar con Él. Yo, pero no más yo: ésta es la vía de la Cruz, la vía que «cruza» una existencia encerrada solamente en el yo, abriendo precisamente así el camino a la alegría verdadera y duradera.
De este modo, llenos de gozo, podemos cantar con la Iglesia en el Exultet: «Exulten por fin los coros de los ángeles... Goce también la tierra». La resurrección es un acontecimiento cósmico, que comprende cielo y tierra, y asocia el uno con la otra. Y podemos proclamar también con el Exultet: «Cristo, tu hijo resucitado... brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos». Amén.
HOMILIA DE MONSEÑOR IGNACION GÓMEZ ARISTIZABAL
EL 24 DE AGOSTO DE 2006
CON MOTIVO DE LA VISITA DEL GOBERNADOR
A SANTA FE DE ATIOQUIA.

Dado que se avecinan grandes transformaciones sociales para el occidente antioqueño, como consecuencia del nuevo y ambicioso plan vial y otras infraestructuras de gran envergadura, cuyos impactos ahora no son plenamente conmensurables y el gran deseo de que la primera y principal beneficiaria del desarrollo sea su población nativa, que durante largo tiempo viene sufriendo marginación económica, política y social y de que se produzca un desarrollo integral con equidad y justicia, me permito invitarlos a una reflexión sobre el desarrollo sin referencia religiosa y con referencia religiosa, Señor Gobernador del Departamento, dignos secretarios y colaboradores de su Despacho, sacerdotes y miembros del pueblo de Dios Y al mismo tiempo en esta celebración eucarística cuyo tema es el desarrollo de los pueblos, a orar rogando al Señor nos ilumine permanentemente en este momento histórico.
DESARROLLO SIN REFERENCIA Y CON REFERENCIA RELIGIOSA.
1 ° El desarrollo del ser humano sin referente religioso es trunco, incompleto, mutilado, materialista, y con visión incompleta de la realidad externa, porque al desconocer la intencionalidad de Dios sobre el mismo es reduccionista
2°, El desarrollo del ser humano sin referente religioso puede ser amoral o antimoral, porque al no reconocer a un ser superior que está por encima de todo lo visible, no hay fuerza moral obligante y cada persona y cada comunidad se comporta y vive según su apetito, con una gran carga de egoísmo y de negativismo para el desarrollo.
3°. El desarrollo del ser humano sin referente religioso está plagado de oscuridades morales, porque la luz de la razón en muchos casos es insuficiente y porque carece de la iluminación del que ha dicho: "Yo soy la luz del mundo"
4°. El desarrollo humano sin el referente religioso es inconsistente porque falta la fuerza y el vigor de quien ha dicho: "Sin mi nada podéis hacer"
5° .EI desarrollo humano sin el referente religioso es desequilibrado, excluyente e injusto, porque se carece de la visión del modelo supremo de toda solidaridad, Jesucristo, quien derrama y encarna en nuestros corazones su amor divino por la acción del Espíritu Santo. (Romanos 5,5)
6°. El desarrollo humano sin el referente religioso forja gentes para el conflicto, para la guerra y no para la paz, por carecer de una vivencia de la gran realidad de la paternidad común y por lo mismo de la fraternidad universal
7°. El desarrollo humano sin el referente religioso es pobre en humanismo, en bondad, en fraternidad y en misericordia, tan indispensable para perfeccionar la justicia incapaz ella sola de construir del nuevo humanismo.
8º.EI desarrollo humano sin referente religioso es interesado y calculista porque no ha visto el modelo de gratuidad total y absoluta que nos revela Dios como cualidad propia, en Jesucristo.
9°.El desarrollo humano sin el referente religioso es intrascendente en cuanto no se constituye la ciudad terrestre de cara a la celeste.
1 0° Desarrollo sin referente religioso no muestra la ubicación, el puesto preciso del ser humano, frente a Dios, frente a la sociedad y frente a la naturaleza, lo cual genera gozo y alegría.
VEAMOS AHORA EL DESARROLLO CON REFERENCIA RELIGIOSA
En nuestro caso la referencial al Dios de Jesucristo:
1°. La Sagrada Biblia nos muestra a Dios Creador de todo cuanto existe, no solo del mundo puramente material sino también de su destinatario, la especie humana, a la cual hace beneficiaria de cuanto ha creado, sin discriminaciones de ninguna naturaleza. De aquí se desprende el destino universal de todos los bienes, para todo el hombre y para todos los hombres. (Génesis, Cap 1°.)
2°.Dios da un mandato a toda la humanidad a través de nuestros primeros padres:
"Dominad la tierra". (Génesis 1 ,26). Lo cual se ha logrado hoy más que nunca al menos por una porción muy reducida de la humanidad y sin que llegue a toda la especie humana los frutos del infatigable y encomiable ingenio humano.
3°. En el encargo que Dios le encomendó a la humanidad a través de la primera pareja humana de custodiar y cultivar el jardín del paraíso encontramos la semilla germina de la palabra desarrollo tan usual hoy, lo cual cumple la humanidad custodiando fielmente todo lo que sirve y perfeccionando la creación cada día mas y más.
4°. En la afirmación bíblica: "Puedes comer de todos los árboles del bosque, pero no comas del árbol del conocimiento del bien y del mal" porque si comes de él morirás irremediablemente, la tradición de la Iglesia ha encontrado una base para presentar a Dios como autor de la normatividad moral, consignada en la ley natural, en la ley positiva de los 10 mandamientos y la ley evangélica del amor.
5. En la parábola de los talentos, (Mateo 25,14-30 y en la primera carta de Pablo a los Corintios Capítulo 12, queda claro que todos los seres humanos son llamados, convocados y facultados mediante el don de los talentos y carismas que a todos se concede en alguna medida a dominar la tierra y a construís el Reino de Dios y que la negligencia en este particular tiene sanción.
6°. La palabra de: Dios nos da la razón para que él todo ser humano se le trate como a una realidad excelente,
Algunos por codiciarlo se han apartado de la fe y se han ocasionado a sí mismo muchos males. (1ª Timote 6.6-10).
9°. Jesús nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana y por tanto de la transformación del mundo es el mandamiento nuevo del amor. El comportamiento de la persona es plenamente humano, cando nace del amor, manifiesta el amor y está ordenado al amor.
10. En La Doctrina Social de la Iglesia encontramos la orientación para construir un humanismo a la altura del designio de amor de Dios sobre la historia, un humanismo integral y solidario, que: pueda animar un nuevo orden social, económico y político fundado sobre la dignidad y la libertad de: la persona humana que se actúa en la paz; la justicia y la solidaridad.
Señor Jesús, en tu precia adorable estamos en esta celebración eucarística y queremos suplicarte ayudes con tu luz divina y con tus energías a los gobernantes y a toda la población, a encontrar los mejores caminos, para que en la transformación social nuestra sociedad reinen los grandes valores sociales como la verdad, la justicia, d amor, la libertad auténtica, valores que generan la paz tan anhelada por tolda la sociedad desde hace tantos años. Te lo pedimos Señor mediante la intercesión de tu querida Madre, la santísima Virgen María. Así sea.
Señor Jesús, en tu presencia adorable estamos en esta celebración eucarístia queremos suplicarte ayudes con tu luz divina Y con tus energías a los gobernates y a toda la población, a encontrar los mejores caminos, para que el transformación sodal nuestra sociedad reinen los grandes valores sociales de la verdad, la justrcia, el amor, la libertad auténtica, valores que generan la paz anhelada por tolda la sociedad desde hace tantos años. Te lo pedimos SI mediante la inten::e:sión de tu querida Madre, la santísima Virgen María. Así sea